Jiang Xueqin no es un analista de think tank ni un ex funcionario reconvertido en comentarista.
Es un educador chino-canadiense egresado de Yale que enseña en Beijing y lleva años aplicando teoría de juegos e historia comparada de imperios a la geopolítica contemporánea en su canal de YouTube Predictive History, que acumula cerca de 2 millones de suscriptores. Lo que lo volvió relevante en las últimas semanas no es su método sino su track record: en mayo de 2024 anticipó que Trump elegiría a JD Vance como compañero de fórmula, que ganaría las elecciones y que EE.UU. entraría en guerra con Irán. Los tres eventos ocurrieron. Cuando Tucker Carlson lo entrevistó este viernes, la pregunta de fondo era simple: ¿qué viene ahora?
La respuesta arrancó con un concepto que los mercados de energía rara vez articulan en estos términos: la estructura de incentivos del conflicto. En teoría de juegos, la pregunta no es quién tiene más poder sino quién tiene más razones para ceder primero. En ese análisis, el resultado es incómodo: ninguna de las tres partes tiene incentivos racionales para moverse hacia un acuerdo antes que las otras dos.
Tres actores, cero razones compartidas para parar
El razonamiento de Jiang, expuesto en la entrevista con Carlson y en intervenciones previas en Breaking Points (3 de marzo) y con Glenn Diesen (9 de marzo), es el siguiente. EE.UU. no puede retirarse sin pagar un costo que excede el de seguir: si negocia un cese al fuego sin cambio de régimen en Irán, los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán— quedarían bajo la órbita de influencia iraní, el único actor capaz de garantizarles seguridad y acceso al Estrecho de Ormuz. Y si el CCG migra hacia Irán, el mecanismo por el cual los ingresos petroleros del Golfo se reciclan hacia activos denominados en dólares —el petrodólar— se interrumpe. Para una economía con más de u$s 36 billones en deuda pública, esa interrupción tiene consecuencias que van más allá del precio del barril. Jiang maneja la cifra de u$s 40 billones incluyendo deuda intragubernamental.
Israel no acepta ningún acuerdo que no incluya el desmantelamiento permanente de la capacidad nuclear y balística iraní. Teherán, en cambio, no tiene incentivos para negociar mientras mantenga el control efectivo del Estrecho de Ormuz y pueda seguir infligiendo daño asimétrico a una fracción del costo que genera a sus adversarios. Tres actores, tres razones distintas para continuar. Ninguna razón compartida para parar. Es esa estructura —y no la voluntad política de ningún líder en particular— lo que hace tan difícil imaginar una salida.
La asimetría que sostiene la estrategia iraní
El argumento de Jiang sobre la duración del conflicto descansa en una asimetría militar documentada desde principios de marzo. El modelo de defensa estadounidense se construyó durante la Guerra Fría para enfrentar un adversario con tecnología comparable: costosa, sofisticada, simétrica. Lo que enfrenta hoy es diferente. Irán despliega drones de bajo costo —estimados por Jiang en alrededor de u$s 50.000 la unidad— contra sistemas de interceptación que cuestan millones de dólares por disparo, en algunos casos decenas de millones según el sistema utilizado. La asimetría no es solo de precio: es de lógica operativa.
En su intervención en Breaking Points del 3 de marzo, Jiang citó un video que circuló ampliamente en el que un misil balístico iraní fue objetivo de 11 interceptores distintos, todos fallidos. Si esa tasa de consumo es representativa, la matemática es desfavorable para la defensa: los stocks de interceptores se agotan en días, no en semanas. Reportes de medios especializados del 15 de marzo indicaban que Israel estaba críticamente bajo en ese tipo de munición —dato consistente con el argumento de Jiang, aunque el ritmo exacto de agotamiento no está confirmado por fuentes primarias.
El portavoz del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, del inglés Islamic Revolutionary Guard Corps), Ebrahim Zolfaqari, lo formuló sin ambigüedad el 12 de marzo en declaraciones a Reuters: el precio del petróleo depende de la seguridad regional, advirtió, y anticipó un barril a u$s 200. No es una amenaza de mercado. Es la descripción de una estrategia: si la guerra de desgaste funciona, el precio del crudo llega solo.
Del u$s 119 al u$s 200: lo que el mercado descuenta y lo que no
El Brent tocó u$s 119 el 19 de marzo —su máximo desde el inicio del conflicto el 28 de febrero— antes de ceder hacia u$s 108 tras declaraciones de Netanyahu sobre la reapertura del Estrecho. Al inicio de la jornada del 20 de marzo cotizaba alrededor de u$s 110, según datos de Investing.com, acumulando una suba de más de u$s 40 respecto al mismo período del año anterior.
La brecha entre u$s 110 y u$s 200 es la brecha entre dos modelos con supuestos distintos sobre la duración del conflicto. El mercado descuenta una guerra corta —el escenario base de Goldman Sachs asume tres semanas de interrupción en Ormuz. La teoría de juegos de Jiang descuenta una guerra sin condición de terminación verificable, porque ningún actor tiene incentivos para ceder. Si el segundo análisis es más preciso que el primero, la distancia entre u$s 110 y u$s 200 no es especulación: es el espacio entre dos modelos, uno de los cuales subestima estructuralmente la duración del conflicto.
Esto no significa que el crudo llegue a u$s 200. Significa que el riesgo está sesgado al alza mientras la estructura de incentivos no cambie. Y esa estructura no cambia con un comunicado de la Casa Blanca ni con una ronda de negociaciones en Omán.
El petrodólar: la variable que los modelos de precio no modelan
El argumento de Jiang tiene un segundo piso que los mercados energéticos procesan todavía más lentamente. Si el conflicto se prolonga y el CCG pierde la garantía de seguridad estadounidense, el mecanismo del petrodólar —por el cual los ingresos petroleros del Golfo se reciclan hacia activos en dólares— se ve afectado de forma estructural. No porque el dólar vaya a dejar de ser la moneda de referencia del crudo de un día para otro, sino porque la arquitectura que lo sostiene depende de tres condiciones que la guerra está erosionando: producción estable del Golfo, precios liquidados en dólares y seguridad garantizada por Washington.
Irán ya tomó el primer movimiento verificable en esa dirección. Según confirmaron CNN y Asia Times, Teherán exige yuan como moneda de liquidación para los buques que quieran transitar por el Estrecho de Ormuz. No es un gesto simbólico. Es el primer caso documentado en que un actor con control efectivo de un choke point energético condiciona el tránsito a una moneda distinta del dólar. Asia Times señaló que el movimiento no va a destruir el petrodólar solo, pero sí acelera tendencias que ya estaban en marcha —la internacionalización del yuan en el comercio energético, la diversificación de reservas de países del Sur Global y el uso de plataformas de liquidación alternativas.
En la lectura de Jiang, esto no es el fin del dólar. Es el fin de la condición que hace al dólar inevitable: la garantía de seguridad estadounidense sobre el Golfo. Sin esa garantía, el CCG no tiene razón estructural para mantener el reciclaje de petrodólares. Y sin ese reciclaje, la deuda estadounidense pierde uno de sus principales compradores institucionales de largo plazo.
Es la consecuencia más larga y más profunda del conflicto. Y la que, a diferencia del precio del Brent, no aparece en ningún modelo de corto plazo.