Andrés Malamud cerró la tarde del XIX Foro Anual del Consejo Empresario de Entre Ríos en el Centro Provincial de Convenciones de Paraná, con una conferencia sobre el reordenamiento global. El investigador principal del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa habló ante un auditorio de empresarios.
Estas son las diez definiciones que dejó bajo el prisma de la energía y el ordenamiento global
1. El peaje. Malamud dio por descontada la reapertura del estrecho de Ormuz y puso toda la carga del argumento en la condición del regreso. "Se va a abrir. Pero muy difícilmente va a volver a ser gratis", dijo. Y completó: "Quien sea que controle el pasaje va a cobrar, va a haber un peaje". Su conclusión es que ese cobro se traslada al barril de manera permanente, sobre un tránsito que hasta el año pasado no tenía costo de paso. El disertante encuadró ese resultado como el saldo de una guerra que, según su lectura, falló en sus tres objetivos declarados: el régimen iraní quedó más firme, el material nuclear siguió en su territorio y la capacidad de lanzar misiles se mantuvo. Lo único que cambió de forma estructural, sostuvo, es que apareció alguien con la potestad de cobrar por el paso. Para un exportador, esa distinción es la que importa: una prima de guerra se descuenta cuando la guerra termina, y un peaje se incorpora al costo del flete y se queda.
2. Del pozo al destino. La tesis se apoya en una distinción que el disertante planteó como el error de lectura más frecuente del mercado. Cuánto cuesta extraer el crudo del pozo es un número; cuánto cuesta hacerlo llegar a destino es otro, y para él es el que manda sobre el precio. De ahí derivó la separación entre las dos escalas que gobiernan a la Argentina: la seguridad se juega en la región, con contrabando y narcotráfico en las fronteras, y la economía se juega en el mundo, con la tasa de interés estadounidense y el precio de las materias primas. Las bombas caen lejos y la factura llega igual: "Lo sentimos en el surtidor", resumió. La consecuencia práctica para el análisis sectorial es que el costo de desarrollo de un yacimiento explica cada vez menos de la variación del precio, y la logística de salida cada vez más.
3. Lo que dice el pronóstico oficial. El dato duro respalda la magnitud de la disrupción y discute su duración. La Administración de Información Energética de los Estados Unidos (EIA) estimó que por Ormuz circularon 4,9 millones de barriles diarios de crudo y líquidos en el segundo trimestre, contra 21,6 millones en el cuarto trimestre de 2025, y calculó una producción cerrada de 5,5 millones de barriles diarios en julio. El Brent llegó a u$s 105 el 23 de julio tras los nuevos ataques a buques, después de haber tocado u$s 69 el 2 de ese mes con el memorándum de entendimiento entre Washington y Teherán. Ahora bien, el informe del 11 de agosto proyecta un promedio de u$s 85 para el tercer trimestre, u$s 78 para el cuarto y u$s 69 para todo 2027, idéntico al promedio de 2025. El organismo asume que el tránsito crece de a poco desde septiembre y que la producción y los patrones de comercio recién vuelven a la normalidad a comienzos de 2027. Su escenario supone normalización, no peaje. Ahí está la apuesta implícita de Malamud, y también su riesgo.
4. Los estrechos sin reemplazo. El disertante ubicó a Ormuz entre los tres pasos marítimos del mundo sin sustituto real y admitió la salida por tierra, con la advertencia de que lleva tiempo y sale cara. Ese desvío ya está operando: por Bab el-Mandeb circularon 8,1 millones de barriles diarios en el segundo trimestre, contra 5,4 millones antes del conflicto, porque Arabia Saudita reencaminó crudo por el oleoducto Este-Oeste hasta el puerto de Yanbu, sobre el mar Rojo. El propio organismo agrega que a los saudíes les quedan el canal de Suez y el oleoducto Sumed en Egipto, y que las tres alternativas son más lentas, más caras y de capacidad más chica. La aritmética confirma el argumento del disertante por la vía del bolsillo: la ruta existe, funciona y cuesta más. Ese diferencial de costo es exactamente el peaje del que habló, cobrado por la geografía en lugar de por un gobierno.
5. El uranio y la escala. Malamud repasó los tres usos del enriquecimiento para explicar por qué el conflicto se volvió inevitable: 5% alcanza para generación eléctrica, 20% habilita investigación y 90% sirve para el arma y para nada más. Irán llegó al 60%. "No hay ninguna razón para enriquecer uranio al 60% si no es buscar la bomba", sostuvo. Su reconstrucción del camino hasta ahí es tan responsabilizadora del otro lado: el acuerdo de 2015 congelaba el enriquecimiento a cambio del levantamiento de sanciones, con custodia externa del material y monitoreo del Organismo Internacional de Energía Atómica, el mismo que conduce un argentino. Cuando ese acuerdo se rompió en 2017, el enriquecimiento se reanudó. Para el disertante, el diagnóstico posterior sobre el programa nuclear iraní es correcto en el hecho y silencia el origen de la decisión que lo habilitó.
6. Quién gana cuando hay guerra. Según su lectura, el saldo del conflicto benefició a los adversarios de quien lo inició. China resistió la disrupción apoyada en sus reservas estratégicas de crudo ya producido, mientras los que más pagaron fueron Japón, Corea del Sur, India y Europa, todos aliados de Washington. Rusia vendió más volumen y a mejor precio. El caso que eligió para ilustrarlo es la India: los Estados Unidos habían negociado con Nueva Delhi que dejara de comprar crudo ruso por las sanciones y, apenas empezó la guerra, tuvieron que pedirle que volviera a comprarlo. "Cada vez que Estados Unidos hace una guerra, sus enemigos ganan", resumió. Sumó un costo de segundo orden que tampoco recae sobre quien decide: los desplazamientos que genera cada conflicto terminan en Europa, por cercanía, y no en territorio estadounidense.
7. Petroestado contra electroestado. Planteó la disputa entre las dos potencias como una diferencia de matriz energética antes que de ideología. Describió a los Estados Unidos como primer productor mundial de petróleo, por encima de Arabia Saudita y de Rusia, y a China volcada a la electrificación de su economía, con la ironía de que la consigna de electrificar es un préstamo del comunismo soviético de hace un siglo. Para él, la electricidad gana la comparación en cuatro frentes a la vez: es renovable, no contamina, sale más barata y resulta más segura que el crudo, porque no depende de un estrecho. "Si hay una potencia que mira al futuro, es China", dijo, y aclaró enseguida que la divergencia de rumbo no anticipa el derrumbe de nadie. Es la clave más incómoda para la Argentina, que aumenta año a año su saldo exportador de hidrocarburos mientras el competidor del ciclo se desacopla de ellos.
8. La distancia dejó de ser un lastre. Con diez capitales bombardeadas en el año según su conteo, ubicó a América Latina como la única región del mundo sin guerra activa y presentó esa lejanía como un atributo económico. "Estamos lejos de las bombas", dijo, y citó la radicación de capital tecnológico en el Cono Sur como una decisión que la geografía explica en parte. El argumento tiene una vuelta contraintuitiva: el deshielo del Ártico va a abrir una ruta más corta y más barata entre Asia y Europa, lo que deja a la Argentina todavía más lejos de los flujos principales. Hace un siglo eso habría sido un pasivo. Con el mapa actual, donde los tres socios comerciales más grandes del mundo están todos en el hemisferio norte y la estrategia de seguridad estadounidense prioriza su propia vecindad, el disertante lee esa distancia como cobertura.
9. El subsuelo por encima de la pampa húmeda. "El crecimiento viene por energía y la minería", afirmó, y al campo le asignó otro papel: seguirá siendo clave, pero como factor de estabilidad y no como motor de expansión. El encuadre histórico que usó arranca en la etimología del país y llega hasta el ciclo actual de minerales críticos, con una diferencia que subrayó: en el siglo XIX la región entregaba sus minerales como colonia y hoy los vende como países independientes. El contraejemplo que eligió es Brasil, con la segunda dotación mineral del mundo, una industria que pierde peso relativo y la soja y el mineral de hierro al tope de sus exportaciones. La estadística argentina acompaña esa lectura, con el crudo como principal producto de exportación del país por encima del maíz y la soja.
10. La brecha minera y la costura federal. Mostró veinte años de exportaciones mineras de Chile, Perú y la Argentina para ilustrar cuánto terreno hay por recorrer. La partida local viene de abajo y en subida: u$s 3.254 millones entre enero y abril de este año, con el oro aportando cerca de dos tercios. Sobre esa base describió un país que se reordena sobre un eje vertical, con minería al norte e hidrocarburos al sur, y que deja de organizarse alrededor de la franja central que lo definió durante un siglo. La consecuencia política que derivó de ahí es la que más discusión abre: el costo de la transformación lo pagan los distritos que no participan del ciclo de recursos, y la responsabilidad por ese costo pasó a estar en disputa entre el ajuste nacional y las provincias que no adhirieron al RIGI. Su medida de éxito, sin embargo, no es la de un país minero promedio. "¿Uno es rico siendo Chile? No. Pero siendo Nueva Zelanda, sí", planteó.
El resto de la conferencia salió del terreno sectorial. Malamud recorrió el envejecimiento demográfico como el único proceso global irreversible en curso, con una Argentina que a la tasa actual volvería a los 25 millones de habitantes en medio siglo.
Leyó el ciclo electoral latinoamericano como un triunfo de la oposición antes que de la derecha, con partidos cada vez más jóvenes ganando elecciones. Y citó investigaciones sociales que ubican en más del 70% a los jóvenes argentinos que hoy quieren quedarse en el país. Sobre ese fondo dejó planteado el límite del modelo que describió: la inversión en ciencia, tecnología e infraestructura sigue siendo, para él, el punto más flojo del país que crece por el subsuelo.