Roberto Brandt no habla del conflicto en Medio Oriente como una sorpresa.
Lo llama «la Tercera Guerra del Golfo Pérsico» y para entenderla recurre a la geografía antes que a los titulares. Cita el libro del analista Robert Kaplan, La venganza de la geografía, para explicar que la jugada iraní sobre el Estrecho de Ormuz era, en cierta medida, inevitable: quien controla ese pasaje de 39 kilómetros entre Irán y Omán controla el 20% del petróleo que se mueve en el mundo, y la historia lo confirma sistemáticamente. En 1953, cuando Estados Unidos y Gran Bretaña derrocaron al primer ministro Mohamed Mosadeg, los británicos lo cerraron. En 1979, durante la revolución islámica, fueron los propios iraníes. Esta vez la táctica cambió, pero la lógica es la misma.
En una extensa entrevista televisiva emitida anoche con el periodista Carlos Pagni en LN+, Brandt combinó historia, geografía y datos de mercado para ubicar a la Argentina en el mapa del shock. El diagnóstico central: el país está en una posición inédita. «Esta crisis nos agarra con lluvia y tenemos cuchara», dijo. «No tenemos tenedor como teníamos en el pasado», cuando importar petróleo era la norma y cualquier suba del Brent golpeaba directamente la balanza de pagos.
Por qué este conflicto no va a ser corto
Brandt descartó de entrada que la situación fuera a repetir la dinámica de lo que él mismo denominó «la guerra de los 12 días» de 2025, circunscripta y sin consecuencias duraderas sobre los mercados. La diferencia esta vez no es militar sino estratégica. Irán apuesta a estirar el conflicto porque las guerras, en su lectura, «no solo se ganan en el campo de batalla sino en la batalla narrativa». Si el régimen sobrevive a una guerra larga, puede instalar la idea de que logró expulsar a Estados Unidos, convirtiendo el enfrentamiento en «un mini Vietnam o un mini Afganistán».
Esa lógica condiciona todo lo que viene. Cuanto más se extienda la guerra, más tiempo permanece cerrado el estrecho. Y cuanto más tiempo permanece cerrado, más profundo es el reordenamiento del mercado energético global que se está produciendo en tiempo real.
La táctica que detonó el colapso logístico
Uno de los detalles más reveladores del análisis de Brandt pasó casi inadvertido en la cobertura general: la táctica específica que Irán utilizó para cerrar el paso sin provocar un desastre ambiental que le costara apoyo internacional. Según explicó el analista, los ataques con drones se dirigieron específicamente a barcos que no eran petroleros, evitando los derrames que habrían generado una reacción política diferente en la región y en la comunidad internacional.
Esa precisión tuvo un efecto concreto: las aseguradoras retiraron las coberturas. Y sin seguro, ningún armador lleva un buque por esas aguas. El bloqueo comercial se logró sin bloqueo físico total, con más de 150 buques anclados fuera del estrecho esperando una señal que no llegó.
Para dimensionar la magnitud del punto de estrangulamiento, Brandt situó a Ormuz en perspectiva global: en su análisis, existen ocho estrechos fundamentales —incluyendo el Canal de Panamá— por los que pasa el 92% del tráfico marítimo petrolero. El más importante es el Estrecho de Malaca, que conecta el océano Índico con el Pacífico. Ormuz es el segundo. Juntos, señaló, concentran más de la mitad de todo el comercio petrolero por barco a nivel mundial. Cuando uno de los dos se cierra, el sistema no tiene forma de absorber el impacto sin reajustar precios.
Brent, WTI y por qué importa la diferencia
Brandt aclaró un punto técnico que suele perderse en la cobertura generalista. El precio de referencia para el comercio internacional es el Brent, el crudo del Mar del Norte, no el WTI (West Texas Intermediate). El WTI solía ser la referencia global pero hoy opera principalmente como indicador del mercado interno estadounidense. El Brent, en cambio, es «el precio trazador» para el resto del mundo, incluyendo a la Argentina. La distinción no es menor: cuando los medios locales informan que «el petróleo subió», están hablando de Brent, y es ese número el que mueve los costos de refinación locales.
Al momento de elaboración de esta nota, el Brent opera en torno a u$s 103-105 por barril, tras haber llegado a un pico de u$s 126 en las jornadas de mayor pánico. Las consultoras Economía y Energía y la de Hernán Lacunza coinciden en que, con los precios actuales del crudo, Argentina podría aumentar sus exportaciones de petróleo en unos u$s 3.000 millones respecto de los niveles de 2025.
El dolor de cabeza de Trump: la Triple A y las promesas incumplidas
El mismo movimiento de precios que beneficia a las exportadoras argentinas complica la situación política interna de Donald Trump. El indicador de referencia para el precio de la nafta al consumidor en Estados Unidos es el relevamiento semanal de la Asociación Automovilística Estadounidense (AAA, equivalente al Automóvil Club local): cuando ese número sube, la presión sobre la Casa Blanca se vuelve inmediata y visible en todos los hogares.
En la segunda semana de marzo, los precios de la gasolina en California ya superaban los cinco dólares por galón, el nivel más alto en 11 meses. Brandt señaló que este aumento no cae en el vacío político: se suma, en su análisis, a otras promesas de campaña incumplidas, como la falta del crecimiento económico prometido, los problemas persistentes para bajar la inflación y, sobre todo, la promesa explícita de no iniciar ninguna guerra. La confluencia de esos tres factores convierte el surtidor en un termómetro político de alta sensibilidad, lo que a su vez genera presión para buscar una salida negociada antes de que el costo doméstico se vuelva insostenible.
El doble filo: fertilizantes, nafta e inflación
La posición exportadora neta de Argentina no la inmuniza del shock. Brandt marcó dos canales de transmisión doméstica que el sector tiene que monitorear de cerca.
El primero es directo y ya visible: los precios en surtidor. La nafta acumula una suba de casi el 9% desde el inicio del conflicto, según mediciones de la consultora EcoGo, con el petróleo explicando alrededor del 40% del precio final del combustible.
En paralelo opera un canal más silencioso pero potencialmente más grave para la estructura productiva: los fertilizantes. El gas natural representa cerca del 80% del costo de producción de la urea, el insumo clave para trigo y maíz. Con la guerra activa, y el estrecho cerrado por donde transita alrededor de un tercio del comercio mundial de fertilizantes, la urea ya acumula subas de entre el 15% y el 35% dependiendo del origen. Más del 60% de la urea granulada que importa Argentina proviene de la región en conflicto. El grueso de las compras para la campaña 2026/27 se decide en mayo: lo que pase en las próximas semanas en Ormuz determina en buena medida el costo de producción del trigo y el maíz del año que viene.
A eso se suma el riesgo macroeconómico que Brandt subrayó: una guerra prolongada alimenta inflación global, lo que obliga a los bancos centrales a mantener tasas de interés elevadas por más tiempo, encareciendo el crédito internacional en un momento en que Argentina trabaja para reestablecerlo.
GNL: el horizonte que esta crisis acelera
Para Brandt, el impacto de mayor duración no está en el precio del crudo de hoy sino en lo que este conflicto hace con el mercado de gas natural licuado. Además del mercado europeo de referencia —la referencia europea de gas (TTF, del inglés Title Transfer Facility), con sede en Ámsterdam—, señaló la importancia creciente del mercado asiático: el índice de referencia asiático de GNL (JKM, del inglés Japan Korea Marker), que calificó como el más relevante para las proyecciones de exportación argentina de 2027 en adelante. Esa plaza, hoy bajo presión por el corte del suministro qatarí, es exactamente a donde apuntan los proyectos argentinos.
Argentina tiene una ventaja doble que pocos países pueden ofrecer: no transita zonas de riesgo para llevar su GNL a los mercados y la cercanía con el Estrecho de Magallanes reduce costos y tiempos frente a rutas alternativas. El proyecto Southern Energy —Pan American Energy, YPF, Pampa Energía, Golar y Harbour Energy— prevé la primera producción para finales de 2027, con una capacidad de 6 millones de toneladas anuales (MTPA, del inglés Million Tonnes Per Annum). A mayor escala, Argentina GNL, liderado por YPF junto con ENI y XRG, apunta a 12 MTPA desde 2030, con la Decisión Final de Inversión (FID, del inglés Final Investment Decision) prevista para la segunda mitad de este año.
Brandt proyectó que para el año próximo las importaciones locales de GNL serán «cercanas a cero». Si los plazos se sostienen, Argentina dejará de ser comprador en esa plaza exactamente cuando la demanda global busca, con urgencia, vendedores que no dependan del Golfo Pérsico.
La oportunidad que no se puede desperdiciar
El cierre de la entrevista de Brandt fue una advertencia que resonó más allá del análisis energético. El reordenamiento global que está ocurriendo —con compradores asiáticos y europeos buscando fuentes de energía, alimentos y minerales críticos fuera de las zonas de conflicto— configura lo que describió como «una oportunidad histórica» para Argentina.
La condición para capturarla, dijo, es no «autoflagelarse»: que el país no se interponga a sí mismo en el camino con inestabilidad institucional o señales que alejen el capital que hoy mira a Vaca Muerta como una de las pocas respuestas concretas a la crisis de suministro global.
El oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS), que sumará 180.000 barriles diarios de capacidad exportadora, no entra en operación hasta julio de 2026. Hasta entonces, ningún precio del Brent puede mover ese límite logístico. Argentina tiene el recurso. Lo que la guerra de Ormuz hizo fue volver más costoso —y más visible— el tiempo que falta para poder usarlo.