Cada tanto, la conversación vuelve al mismo lugar: ¿cómo es ser mujer al frente de una compañía energética o minera?
La pregunta es válida, pero quizás incompleta. Porque el verdadero desafío —y también la verdadera oportunidad— es otro: cómo construir organizaciones donde el talento sea el criterio decisivo para liderar.
La escritora norteamericana Emily Dickinson dejó una frase que suele volver a mi mente: “No sabes cuán alto sos hasta que te pones de pie.” En el mundo de la energía y la minería esa frase tiene un significado particular. Son industrias exigentes, donde las decisiones se toman en contextos complejos, donde la seguridad, la disciplina operativa y la visión de largo plazo no son conceptos abstractos sino condiciones indispensables para que las cosas funcionen.
Ponerse de pie en este sector implica aceptar desafíos de gran escala: técnicos, productivos, humanos y también sociales.
Por eso, cuando pienso en liderazgo femenino en la industria, prefiero pensar en liderazgo a secas. La discusión que realmente importa no es cuántas mujeres hay en una mesa de decisiones, sino cuántas personas con talento, preparación y carácter son capaces de conducir proyectos que requieren visión y responsabilidad.
No es un debate ideológico. Es, sencillamente, una cuestión de competitividad.

Los atributos, compromisos y la inteligencia estratégica
Las industrias intensivas en capital —como la minería o la energía— funcionan con horizontes largos. Cada decisión de inversión exige disciplina, conocimiento técnico y capacidad de construir equipos diversos. Y en ese proceso el talento se vuelve el recurso más escaso.
En ese camino, también vale reconocer algo evidente: cada vez más mujeres están transformando los espacios en los que participan. No lo hacen pidiendo permiso, sino aportando convicción, inteligencia estratégica y una capacidad de escucha que muchas veces enriquece la manera en que se toman decisiones. Esa mirada más integradora —capaz de conectar ideas, personas y propósitos— fortalece a los equipos y ayuda a construir organizaciones más sólidas.
En Newmont, esa convicción se traduce en hechos concretos. Recientemente anunciamos una inversión estratégica cercana a US$800 millones para el proyecto Cerro Negro Expansión 1 (CNE1), en Santa Cruz. Se trata de una iniciativa que se desplegará durante los próximos seis años y que contempla más de 30 obras en superficie y en interior de mina, con un objetivo claro: extender la vida productiva del yacimiento más allá de 2035 y fortalecer su potencial geológico.

Pero una inversión de esta escala no se explica solo por infraestructura o tecnología. También es una inversión en personas.
El proyecto permitirá sostener los puestos de trabajo actuales y generar 270 nuevas posiciones durante la etapa de ejecución, con foco en el desarrollo de talento local y en la participación de empresas santacruceñas en la cadena de valor. Hoy, la operación emplea directamente a más de 1400 personas y genera alrededor de 4800 empleos indirectos.
Ese es el verdadero desafío del liderazgo en sectores como el nuestro: construir capacidades que trasciendan a los proyectos individuales y se conviertan en oportunidades para las comunidades.
En esa tarea, el liderazgo femenino no es una excepción ni una bandera. Es parte de una evolución natural de las organizaciones que entienden que el talento no tiene género, pero sí requiere espacio para desplegarse.
La conducción de Cerro Negro, un enclave productivo de clase mundial
A veces, los debates públicos se concentran demasiado en la representación y poco en la responsabilidad que implica liderar. Conducir una compañía energética o minera significa tomar decisiones que impactan en miles de personas, en economías regionales y en la generación de divisas para el país.

Cerro Negro, por ejemplo, exporta entre US$400 millones y US$600 millones al año, contribuyendo de manera significativa a la economía argentina. Sostener ese nivel de producción —y ampliarlo— requiere planificación, inversión y equipos preparados para operar en entornos exigentes.
Ahí es donde la discusión sobre talento cobra verdadero sentido.
Porque cuando una organización logra convocar a las mejores personas —sin importar su origen, género o trayectoria— el resultado suele ser más innovación, mejores decisiones y proyectos más sólidos. Las organizaciones que entienden esto avanzan con mayor solidez hacia el futuro. Cuando el talento encuentra espacio para desplegarse plenamente, no solo crecen las personas: crecen también las empresas y las comunidades que las rodean.
En definitiva, el liderazgo no se trata de ocupar un lugar. Se trata de estar a la altura del desafío.
Y en industrias como la nuestra, donde cada proyecto se mide en décadas y cada inversión exige convicción, ponerse de pie —como decía Dickinson— es solo el primer paso.
El verdadero desafío es construir, junto a otros, algo que valga la pena sostener en el tiempo.