Mercado de combustibles

La escasez de combustibles refinados amenaza con prolongar la presión sobre la economía global

Las restricciones de oferta, la caída de los inventarios y el encarecimiento del diésel están configurando una crisis que va más allá del petróleo crudo. Aunque la actividad de las refinerías se recuperaría hacia fines de 2026, las existencias no se recompondrían hasta la segunda mitad de 2027

por Gustavo Araujo

Las refinerías de Estados Unidos operaron a más del 95% de su capacidad entre mayo y septiembre, según la EIA, la utilización más alta desde 1998

El mercado energético internacional enfrenta una disrupción que no se explica únicamente por lo que ocurre con el petróleo crudo. Desde el inicio de la guerra con Irán, el 28 de febrero, el precio del crudo se disparó. 

A mediados de octubre, el Brent cotizaba cerca de USD 107 por barril y el North Sea Dated rondaba los USD 134. A ese encarecimiento se sumaron las restricciones al suministro de combustibles refinados, en particular de diésel. Esas restricciones están profundizando las tensiones sobre los precios, reduciendo los inventarios y trasladando parte del ajuste a los consumidores y a la actividad económica. 

El problema es relevante porque el diésel es un insumo central para el transporte de mercancías, la industria, la construcción y la producción agropecuaria. Su encarecimiento repercute, por lo tanto, sobre una porción amplia de los costos de la economía.
En su informe de octubre, la Agencia Internacional de Energía (AIE) identificó una combinación de factores detrás de esta situación. 

Entre ellos se encuentran las interrupciones de las exportaciones de Rusia y Medio Oriente, los daños en instalaciones de refinación, las restricciones al transporte marítimo y la menor disponibilidad de crudo para las refinerías asiáticas. Estas dificultades redujeron la oferta de derivados en un contexto en el que las existencias ya venían cayendo con fuerza. La consecuencia es un mercado particularmente ajustado, en el que la disponibilidad de combustibles refinados importa tanto como la producción de petróleo.

Un problema de refinación, no solamente de petróleo

La distinción entre el mercado del crudo y el de sus derivados es fundamental para entender la dinámica actual. Que haya petróleo disponible no garantiza que puedan producirse y distribuirse los combustibles necesarios en las cantidades requeridas. Las refinerías necesitan determinados tipos de crudo, capacidad operativa, acceso a infraestructura y condiciones logísticas que les permitan procesarlo y colocar los productos en los mercados de destino.

Las restricciones que afectan a Medio Oriente y Rusia redujeron significativamente la oferta internacional de diésel. La pérdida de los flujos de crudo que pasaban por Ormuz obligó además a reducir la actividad de las refinerías de China, India y Corea durante el segundo trimestre del año. Según la AIE, las exportaciones globales de gasoil promediaron 4,7 millones de barriles diarios en los primeros nueve meses de 2026, un 10% menos que en igual período del año anterior. 

En septiembre, las exportaciones netas combinadas de Rusia y Medio Oriente (es decir, descontadas sus importaciones) cayeron en 1,3 millones de barriles diarios, a 820.000, más de un 60% por debajo del nivel de un año antes. Estados Unidos y China, que en el tercer trimestre se convirtió en un proveedor clave para los mercados asiáticos, aumentaron sus envíos en 610.000 barriles diarios frente a un año antes. Ese aumento compensó solo en parte la pérdida.

La capacidad de respuesta del sistema también tiene límites. Según la Administración de Información Energética de EE.UU. (EIA), las refinerías estadounidenses operaron a más del 95% de su capacidad entre mayo y septiembre, la utilización más alta para esos meses desde 1998. Sin embargo, como la capacidad instalada se redujo un 4% desde 2019, la producción, aunque fue la más alta desde ese año, no logró superarlo.

A su vez, las restricciones logísticas y el encarecimiento del transporte marítimo dificultan que los combustibles lleguen desde las regiones con excedentes a las que tienen déficits. El resultado es un mercado en el que se amplían las diferencias regionales de precios y las fuentes alternativas de suministro ganan importancia.

El diésel, en el centro de la presión sobre los precio

El ajuste se manifiesta con especial intensidad en el mercado del diésel. La menor disponibilidad de producto, combinada con la caída de los inventarios antes del invierno del hemisferio norte, llevó los precios y los márgenes de refinación a niveles extraordinarios. En septiembre, según la AIE, los precios mayoristas del diésel alcanzaron máximos históricos cercanos a USD 220 por barril en Europa y Estados Unidos, y superaron los USD 200 en Singapur. Aunque luego retrocedieron, siguen siendo casi el doble del precio del crudo y de sus niveles previos a la crisis.

La diferencia entre el precio del combustible refinado y el del crudo usado como insumo permite medir la intensidad de estas tensiones. Su ampliación muestra que la escasez de determinados derivados puede encarecerlos mucho más que al petróleo. En septiembre, el diferencial del diésel para las refinerías europeas se acercó a USD 100 por barril. A comienzos de octubre retrocedió hacia USD 60, debido al fuerte aumento de los fletes y del costo del crudo entregado en las refinerías.

Esa compresión muestra que los márgenes elevados no benefician a todas las refinerías por igual. Las estadounidenses, con acceso a crudo a precios más bajos, registraron márgenes récord. En cambio, las refinerías europeas y asiáticas, que enfrentan mayores costos de abastecimiento y transporte, vieron erosionada su rentabilidad aunque los precios de los productos sigan altos. Si los márgenes se deterioran lo suficiente, algunas instalaciones podrían reducir su actividad y restringir aún más la oferta.

El ajuste de la demanda comienza a hacerse visible

La escasez y el aumento de los precios terminan trasladando parte del ajuste desde la oferta hacia el consumo. En el caso del diésel, este proceso es especialmente complejo. Su demanda está vinculada a actividades esenciales y suele responder menos a los precios que la de otros productos energéticos. Sin embargo, esa menor elasticidad no significa que el consumo sea inmune a un encarecimiento persistente.

La AIE estima que la demanda mundial de petróleo caerá 2,6 millones de barriles diarios en 2026 (cerca de un 2,5%), hasta 102,4 millones, con una contracción interanual de 2,5 millones de barriles diarios en el cuarto trimestre. El diésel explicaría alrededor de una cuarta parte de la caída anual. En el segundo trimestre, la demanda mundial de este combustible bajó 1,1 millones de barriles diarios frente al año anterior, hasta 28,5 millones, con China y Europa como principales responsables. 

En el tercer trimestre la contracción fue de 750.000 barriles diarios, hasta 28,7 millones, y la agencia prevé que se acelere a 1 millón en el cuarto trimestre.
El ajuste opera por distintos canales. Los hogares y las empresas reducen o postergan consumos cuando los precios superan ciertos umbrales. Las actividades intensivas en combustible enfrentan mayores costos, y el encarecimiento del transporte se traslada al precio de los bienes. Al mismo tiempo, el deterioro de las perspectivas económicas reduce la demanda de energía. Así, el shock energético presiona sobre la inflación y, a la vez, modera la actividad.

Esta respuesta tiene una consecuencia relevante. La destrucción de demanda ayuda a equilibrar la oferta disponible, pero lo hace a costa de menos consumo y de pérdida de poder adquisitivo. No es, por lo tanto, una solución sin costos.

Inventarios ajustados y normalización gradual

Las existencias amortiguaron parcialmente las interrupciones del suministro, pero ese colchón se está agotando. Según la AIE, los inventarios mundiales de petróleo observados cayeron otros 10 millones de barriles en septiembre, y la reducción acumulada desde fines de febrero llega a 509 millones. Los inventarios en tierra se ubican en su nivel más bajo desde al menos 2016. En el caso del diésel, las existencias de la OCDE bajaron en julio a 565 millones de barriles, un 5% menos que antes del conflicto y el nivel más bajo desde noviembre de 2023.

La perspectiva para los próximos meses depende de la recuperación de las exportaciones, la normalización de las operaciones de refinación y la evolución de los costos logísticos. La AIE prevé que la actividad de las refinerías aumente hacia fines de 2026 y que el mercado del diésel vuelva a tener superávit en el primer trimestre de 2027. Sin embargo, esa recuperación no alcanzaría para compensar el déficit acumulado en 2026, y la recomposición de los inventarios podría demorarse hasta la segunda mitad de 2027.

El escenario sigue sujeto a riesgos. Nuevas interrupciones en las rutas marítimas, daños adicionales en instalaciones de producción o refinación y dificultades para restablecer los flujos comerciales podrían prolongar las restricciones. En sentido contrario, una recuperación más rápida de la oferta y una moderación de los precios aliviarían las tensiones, aunque la normalización de los inventarios llevaría tiempo de todos modos.

En definitiva, el mercado energético enfrenta un doble shock, marcado por el encarecimiento del crudo y la escasez relativa de combustibles refinados. La evolución de este segundo factor será determinante para medir el impacto económico de la crisis en los próximos trimestres. Aunque los precios del petróleo empiecen a moderarse, los inventarios bajos, los costos logísticos elevados y las restricciones de refinación podrían mantener la presión sobre el diésel y, con ella, sobre los costos de producción y transporte. La clave ya no será solo cuánto petróleo se produce, sino con qué rapidez el sistema puede transformarlo y llevarlo a los mercados que lo necesitan.