Cuando el historiador chino-canadiense grabó su clase en Pekín en mayo de 2024 —aquella que superó el millón de vistas y que Shale24 analizó hace cuatro días— trazó una secuencia que se extiende más allá del cierre del Estrecho de Ormuz y los ataques a Ras Laffan.
El Estrecho de Ormuz paralizado, la terminal de GNL de Qatar con fuerza mayor declarada y las plantas desalinizadoras del Golfo bajo fuego son la parte verificada del modelo. Lo que sigue, según sus intervenciones más recientes en medios internacionales, es de otra escala.
La trampa terrestre
La pregunta que Jiang plantea no es si Estados Unidos puede destruir la infraestructura militar iraní desde el aire. Es si puede cambiar el régimen en Irán sin poner tropas en el terreno.
Su respuesta es que no, y que eso es exactamente lo que hace inmanejable la situación para Washington. En su aparición en el programa independiente estadounidense Breaking Points el 3 de marzo, el historiador formuló el dilema con precisión: las monarquías del Golfo —Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein— están siendo golpeadas por Irán y van a exigirle a Estados Unidos una salida. Esa salida tiene dos formas posibles.
La primera es una indemnización que permita a Irán cesar el fuego con algo que mostrar internamente, en un rango que Jiang situó entre u$s 5.000 y u$s 20.000 millones. La segunda es el despliegue de tropas terrestres para eliminar la amenaza de forma definitiva.
Ninguna de las dos opciones es gratuita. La primera implica que Estados Unidos paga para salir de una guerra que inició. La segunda abre el escenario que el propio Estado Mayor estadounidense advirtió antes del inicio del conflicto: una guerra de desgaste en terreno montañoso iraní, con drones de u$s 50.000 del lado de Teherán contra interceptores de varios millones del lado de Washington. La asimetría de costos militares no es un detalle técnico. Es, en el fondo, el núcleo de la estrategia iraní.
El petrodólar: la jugada que nadie quiere mirar
Detrás de la discusión militar hay una pregunta financiera que Jiang viene formulando desde enero.
El sistema del petrodólar —por el que los ingresos petroleros de Arabia Saudita y el resto del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) se reciclan en activos financieros denominados en dólares, sosteniéndole la demanda global al dólar— descansa sobre una condición: que los países del Golfo mantengan estabilidad geopolítica suficiente para seguir siendo socios confiables de Washington.
En el podcast Greater Eurasia, el 5 de enero, Jiang fue directo: el dólar es la mayor fortaleza y, al mismo tiempo, la mayor vulnerabilidad de Estados Unidos.
A su vez, si las monarquías del CCG quedan atrapadas entre la presión iraní y la incapacidad estadounidense de protegerlas, el reciclaje de petrodólares se interrumpe. Y eso no es solo un shock de oferta energética. Es un ataque estructural al sistema financiero global que sostiene la deuda pública y el gasto militar de Washington.
En ese marco, China y Rusia son los observadores mejor posicionados: sus buques petroleros son los únicos que siguen transitando el Estrecho de Ormuz con relativa normalidad mientras más de 150 tanqueros permanecen anclados, según datos de Kpler.
Arabia Saudita: el espejismo en la cuerda floja
En el tablero de Jiang, Arabia Saudita es el actor más frágil del conflicto. No por debilidad militar, sino por una vulnerabilidad estructural que tiene más que ver con el agua que con el petróleo.
La formulación del historiador resulta incómoda para quienes piensan el Golfo Pérsico en términos de barriles de crudo. Hace cincuenta años, la Península Arábiga era desierto. Riad existe porque existe Jubail, la planta desalinizadora que —según un cable diplomático estadounidense filtrado de 2008— provee más del 90% del agua potable de la capital.
Un ataque sostenido sobre esa infraestructura crítica no interrumpe el confort: interrumpe la supervivencia de diez millones de personas. La capital saudí tendría que ser evacuada en menos de una semana.
En ese marco, Arabia Saudita definió explícitamente los ataques sobre infraestructura civil como su línea roja. Según el profesor Bernard Haykel, de la Universidad de Princeton, esa línea ya fue cruzada.
Lo que el modelo proyecta hacia adelante es que Riad va a tener que definir su posición: entrar en guerra abierta junto a Estados Unidos o negociar un acuerdo bilateral con Irán por encima de Washington. Cualquiera de los dos caminos reconfigura el orden energético regional.
En el primero, el reino saudí pone su infraestructura energética más expuesta en primera línea. En el segundo, el sistema del petrodólar se resquebraja desde adentro.
Precios altos como nueva línea de base
La cuarta jugada sin ejecutar no es un evento puntual. Es un régimen estructural de precios del petróleo.
Jiang sostiene que el conflicto entre Irán y Estados Unidos no es un shock transitorio sino el primero de una serie de interrupciones estructurales en el comercio global de hidrocarburos.
Su argumento: incluso si el Estrecho de Ormuz vuelve a abrirse, la prima de riesgo geopolítico ya no regresa a cero. Los mercados energéticos aprendieron que la infraestructura crítica del Golfo es atacable, que una sola operación puede paralizar cerca del 20% del comercio mundial de petróleo y que los mecanismos de contención —el poder disuasivo de Estados Unidos y la estabilidad del CCG— tienen límites concretos.
El Brent tocó u$s 110 por barril en las primeras horas del conflicto antes de moderar posiciones. Lo que el historiador proyecta no es ese pico de precio, sino el piso estructural: un precio del petróleo más alto que el de los últimos dos años, sostenido no por demanda global sino por incertidumbre en la oferta energética.
Para quienes operan en Vaca Muerta y siguen de cerca la ventana de exportación energética que se abre con el VMOS y los primeros cargamentos de GNL argentino, ese piso del precio del petróleo importa más que el pico.