El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) es una de las principales herramientas del Gobierno para atraer capitales de gran escala hacia sectores estratégicos como energía, minería e infraestructura.
Al mismo tiempo que se dan proyectos vinculados a Vaca Muerta, GNL y exportaciones de hidrocarburos, continúan los desafíos relacionados con la infraestructura, la estabilidad regulatoria y la necesidad de generar condiciones que habiliten sostener inversiones de largo plazo.
Pablo Rueda, socio del estudio Martínez de Hoz & Rueda y especialista en energía e inversiones analizó Junto a Shale 24 cómo impacta el RIGI, el futuro de Vaca Muerta y las oportunidades que tiene la Argentina para convertirse en un proveedor global de energía y minerales críticos.
-¿Qué impacto concreto está teniendo en las decisiones de inversión y qué aspectos del régimen todavía deberían mejorarse para atraer más capital?
PR: La foto relevante es que, hoy, la inversión privada de escala en la Argentina aparece mayormente canalizada a través del RIGI: según información oficial, el régimen ya concentra decenas de iniciativas aprobadas o en evaluación y compromisos por más de US$140.000 millones, principalmente en energía, petróleo y gas, minería, infraestructura y renovables.
Fuera de ese perímetro, en cambio, la inversión sigue siendo relativamente escasa y defensiva. Lo más importante de este dato no es solo que el RIGI funciona como incentivo, sino que está operando como sustituto parcial de la confianza sistémica: buena parte del capital entra cuando puede aislarse del riesgo argentino mediante un estatuto especial, mientras que el resto de la economía aún espera señales más amplias de continuidad macroeconómica, institucional y regulatori.
-¿Qué señales políticas deberían dar tanto el oficialismo como la oposición para garantizar la continuidad del RIGI y brindar previsibilidad a los inversores de largo plazo?
PR: La continuidad del RIGI requiere señales políticas explícitas de continuidad, tanto del gobierno como de la oposición. El RIGI no debería leerse como una herramienta partidaria ni como una concesión ideológica a un determinado programa económico, sino principalmente como un régimen de estabilidad normativa que preserva, para ciertos proyectos de inversión aprobados, condiciones fiscales, cambiarias, aduaneras y regulatorias por treinta años, con independencia de quién gobierne a lo largo de la vida de los proyectos.
De hecho, su antecedente más cercano y conceptualmente comparable aparece en el proyecto de ley impulsado por el kirchnerismo en 2023, lo que confirma que la lógica de fondo no pertenece exclusivamente al liberalismo ni al peronismo: se trata de crear riqueza vía exportaciones, empleo e ingreso de divisas, activos críticos para la sostenibilidad de nuestra economía en el largo plazo.
Esa riqueza solo puede generarse con mayor inversión; y, en la coyuntura pendular argentina, esa inversión de largo plazo solo parece viable si existe un marco robusto que aísle los proyectos estratégicos de los cambios bruscos de orientación macroeconómica.
-Vaca Muerta sigue batiendo récords de producción, pero la infraestructura continúa siendo un cuello de botella. ¿Cuáles son hoy las obras más urgentes para sostener el crecimiento y convertir a la Argentina en un exportador de energía?
PR: El principal cuello de botella hoy no está en la disponibilidad del recurso, sino en la infraestructura necesaria para evacuar, transportar, procesar y monetizar la producción incremental de Vaca Muerta, en particular en materia de transporte, separación, procesamiento y fraccionamiento de NGLs.
Los NGLs —etano, propano, butano y gasolinas o condensados— no son un producto “nuevo” separado del yacimiento, sino líquidos que aparecen especialmente en el gas asociado que se produce junto con el petróleo en la ventana de shale oil y también en los proyectos de gas húmedo, donde el gas contiene una proporción relevante de componentes líquidos de mayor valor y que, además, no pueden ser licuados con el metano para producción de GNL.
Por eso, a medida que crece la producción de crudo y gas natural de Vaca Muerta, se vuelve indispensable contar con nuevas plantas de tratamiento, ductos, procesamiento, fraccionamiento, almacenamiento, tanto respecto del crudo, del gas natural, en sus variantes de GNL para exportación global y gas vaporizado para la demanda interna y exportación a países vecinos, y de los NGLs para los mercados globales. En ese sentido, la agenda de infraestructura no es accesoria sino central: es la condición material para convertir el potencial geológico en producción comercial exportable.
-Los proyectos de Argentina LNG avanzan con distintos socios internacionales. Desde el punto de vista jurídico y regulatorio, ¿qué condiciones son indispensables para que esas inversiones lleguen a la etapa de construcción y operación?
PR: El proyecto VMOS abrió nuevamente la puerta en la Argentina para financiamientos sin recurso (project finance). En ese sentido, VMOS funciona como precedente de mercado para otros proyectos de transporte, procesamiento, licuefacción, fraccionamiento y exportación vinculados con Vaca Muerta. Pero esa puerta solo tendrá impacto sistémico si no queda como una operación aislada: la continuidad y escalamiento de estos proyectos dependerá, en buena medida, de que siga disponible este tipo de financiamiento de largo plazo.
-¿Por qué considera que la continuidad del RIGI debe convertirse en una política de Estado y no depender de los cambios de gobierno?
PR: La estabilidad del RIGI no alcanza por sí sola si no se complementa con acuerdos específicos con las provincias involucradas en cada proyecto. El RIGI puede estabilizar el tratamiento nacional en materia fiscal, cambiaria, aduanera y regulatoria, pero no neutraliza automáticamente riesgos provinciales o municipales vinculados con tributos locales, uso del suelo y del agua, autorizaciones ambientales relaciones con comunidades, poderes concedentes o eventuales cambios de criterio administrativo.
Sin ese segundo anillo de estabilidad, el blindaje del RIGI queda incompleto frente a los riesgos que pueden afectar la bancabilidad y la ejecución de la inversión.
-El contexto internacional muestra precios del petróleo más volátiles y una creciente competencia entre países productores. ¿Cómo impacta ese escenario en la competitividad de Vaca Muerta y en las decisiones de las empresas que evalúan invertir en el país?
PR: Los precios internacionales del petroleo impactan naturalmente sobre cualquier proyecto hidrocarburífero de escala: afectan los ingresos esperados y la disponibilidad de financiamiento. Sin embargo, la ventaja relativa de la Argentina —y en particular de Vaca Muerta— es que sus precios de equilibrio son suficientemente competitivos como para sostener proyectos aun en escenarios internacionales de precios bajos, lo que no ocurre en muchos otros países exportadores de hidrocarburos con posicionamiento geopolítico comparable.
En el contexto internacional actual, además, la Argentina puede ocupar un rol relevante en la seguridad energética global. No se trata solamente de precios, sino de confiabilidad geopolítica: La Argentina constituye una fuente de suministro tanto para el atlántico como al pacífico, con acceso a mercados de Europa, Asia y América Latina y relativamente alejada de los principales focos de conflicto internacional y de ciertos cuellos de botella marítimos críticos.
-¿Cómo impacta el actual contexto geopolítico en el posicionamiento de la Argentina como proveedor de energía a nivel global?
PR: Más allá de cómo evolucionen los conflictos actuales, ya parece haberse consolidado en las grandes compañías multinacionales una conclusión estratégica: la seguridad energética dejó de ser un tema coyuntural y volvió a ser una variable estructural de inversión, contratación y abastecimiento.
En ese mapa, la Argentina tiene la oportunidad de presentarse no solo como proveedor competitivo, sino como fuente de suministro de largo plazo relativamente neutral, diversificada y menos expuesta a las tensiones geopolíticas que hoy condicionan otras regiones productoras.
-Pensando en los próximos cinco años. ¿Cuáles cree que serán los principales desafíos y oportunidades para que la Argentina consolide su posición como proveedor global de petróleo, gas y minerales críticos?
PR: La Argentina tiene una oportunidad histórica que, con todas las diferencias del caso, recuerda al ciclo de expansión iniciado hacia 1880 y que tuvo su punto más alto antes de la Primera Guerra Mundial.
Aquella riqueza no fue un milagro doméstico ni una virtud aislada del país: respondió a un contexto internacional que permitió colocar en el mundo recursos que el mundo necesitaba y estaba dispuesto a pagar —carne, cereales, lana y otros productos agropecuarios—, generando exportaciones, infraestructura, inmigración, urbanización, integración territorial y un salto de riqueza que ubicó a la Argentina entre los países de mayor ingreso per cápita del mundo en torno a 1913.
-Argentina está frente a una nueva oportunidad histórica para insertarse en el mundo a partir de sus recursos energéticos y mineros. ¿Cuánto tiempo tiene para aprovecharla?
PR: Difícilmente ese ciclo pueda repetirse en los mismos términos, pero el dato relevante es que hoy vuelve a abrirse una ventana de inserción externa basada en recursos que el mundo demanda: la Argentina ya empieza a exportar hidrocarburos por valores agregados superiores a la suma de los productos agrícolas tradicionales, aun antes de que comiencen las exportaciones de GNL y antes de que los grandes proyectos mineros en curso empiecen a producir. Esa ventana, sin embargo, no será eterna: el avance de las energías renovables, la electrificación y la transición energética irá reduciendo gradualmente el espacio estratégico de los hidrocarburos.
Por eso la oportunidad debe aprovecharse ahora, como argentinos, seamos liberales, peronistas, kirchneristas o ninguna de esas cosas: no se trata de una bandera ideológica, sino de convertir una dotación de recursos en inversión, infraestructura, exportaciones, empleo, divisas y riqueza antes de que el mundo cambie nuevamente de demanda.
En esa misma lógica, una segunda expansión del RIGI debería apuntar capturar la nueva frontera de inversión que intenta abordar el proyecto del ejecutivo conocido como “Super RIGI”: no ya solamente grandes proyectos extractivos o de infraestructura tradicional, sino también proyectos tecnológicos intensivos en capital y energía asociados a la demanda global por data centers, inteligencia artificial, cloud computing y servicios digitales de escala.
-¿Qué oportunidades estratégicas tiene Argentina?
PR: La Argentina tiene allí otra oportunidad estratégica. Cuenta con recursos humanos particularmente aptos para el desarrollo de la actividad tecnológica ya que el país aparece entre los ecosistemas regionales más relevantes en materia de compañías tecnológicas de alto crecimiento, con antecedentes como Mercado Libre, Globant, Despegar, OLX, entre otras y ha sido caracterizado como uno de los países latinoamericanos con mayor cantidad histórica de unicornios tecnológicos. Además, tiene un posicionamiento geopolítico que puede operar bajo una lógica similar a la aplicable a los hidrocarburos: un proveedor neutral y alejado de los principales focos de tensión estratégica.
A ello se suma una ventaja física y energética relevante: el frío del sur argentino puede reducir costos de refrigeración para data centers, mientras que el país dispone no solo de gas natural abundante como energía de respaldo o transición, sino —principalmente— de un enorme potencial de energías renovables, en particular eólica y solar, indispensable para abastecer proyectos tecnológicos que requerirán cantidades crecientes y masivas de electricidad.
La ampliación del RIGI hacia esa clase de inversiones permitiría convertir la dotación energética argentina en infraestructura digital exportadora, capturando no solo renta de recursos naturales, sino también renta tecnológica, empleo calificado, servicios globales y posicionamiento estratégico en la economía de datos.
-¿Por qué considera que el RIGI es un marco esencial para que la Argentina pueda aprovechar las oportunidades que tiene por delante?
PR: En ese contexto, el RIGI, en sus distintas versiones, es un marco esencial para que la Argentina pueda capturar estas oportunidades presentes y futuras. No porque por sí solo cree recursos, sino porque ofrece una solución normativa al principal problema argentino: la dificultad de sostener reglas de largo plazo frente a la volatilidad macroeconómica, cambiaria, fiscal y regulatoria.
En ese sentido, y con las diferencias obvias de escala, sistema político e institucionalidad, el RIGI puede compararse funcionalmente con las zonas económicas especiales que China utilizó para pasar de un modelo de economía planificada de matriz soviética a un modelo de apertura, inversión extranjera, exportaciones y acumulación acelerada de capacidades productivas.
-¿Qué diferencias existen entre el RIGI argentino y las zonas económicas especiales que impulsó China?
PR: La diferencia central con China es que la Argentina se caracteriza por su volatilidad política. Precisamente por eso el RIGI se vuelve todavía más importante: debe funcionar como un régimen capaz de permitir que el país aproveche sus oportunidades en el mundo y sostenga inversiones de largo plazo aun cuando cambien los gobiernos o el tono ideológico de la política económica.
En el mejor escenario, como ocurrió gradualmente en China con sus zonas económicas especiales, el éxito del régimen debería contaminar positivamente al resto de la economía para que aquello que nació como régimen excepcional deje de ser una isla y se convierta progresivamente en el estándar general de la política económica argentina.