Hay guerras que terminan con un acuerdo, una derrota o un agotamiento. Y hay guerras que no tienen salida visible.
John Mearsheimer, el politólogo de la Universidad de Chicago que lleva décadas estudiando cómo las grandes potencias cometen errores estratégicos que no pueden deshacer, sostiene que el conflicto con Irán pertenece a la segunda categoría.
En declaraciones a Glenn Diesen el 10 de marzo, el académico fue terminante: según la transcripción publicada por ScheerPost, sostuvo que nadie en Washington puede articular una historia plausible sobre cómo termina esta guerra. Para los mercados de energía, esa frase no es retórica: es una variable de precio.
El Brent cerró el 19 de marzo alrededor de u$s 112 por barril, con un máximo intradía de u$s 119 —más de u$s 42 por encima de su valor de un año atrás, según datos de Investing.com. El salto no responde únicamente al cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo y el gas natural licuado que se comercializa globalmente. Responde, en un nivel más profundo, a la ausencia de una condición de fin de la guerra verificable.
En criollo, los mercados no saben cuándo termina esto. Y según Mearsheimer, esa incertidumbre no es un defecto de información: es la naturaleza misma del conflicto.
El argumento que Washington no quiere escuchar
Mearsheimer es, dentro del realismo ofensivo en relaciones internacionales, una de las voces que el debate académico anglosajón considera más difíciles de ignorar. Su diagnóstico sobre la guerra con Irán, construido en tres intervenciones públicas entre el 10 y el 16 de marzo —con Diesen, con el periodista Chris Hedges y con Tom Switzer—, tiene tres piezas.
Primera: EE.UU. entró a la guerra creyendo que podía lograr una victoria rápida mediante ataques de decapitación y destrucción de instalaciones nucleares. Segunda: Irán demostró capacidad de respuesta asimétrica suficiente para convertir la guerra en una contienda de desgaste. Tercera, y más relevante para los mercados: no existe salida política visible porque los objetivos de Israel y los de EE.UU. son incompatibles entre sí, y ambos resultan inaceptables para Teherán.

En su conversación con Hedges, publicada en Pearls and Irritations, Mearsheimer explicó la asimetría de incentivos: Israel teme que cualquier acuerdo sin cambio de régimen sea leído como una victoria iraní; la administración Trump, en cambio, querría cerrar el conflicto antes de las elecciones de mitad de término, pero no encuentra la salida.
En su diálogo con Switzer, fue más directo sobre las consecuencias geopolíticas: sostuvo que el mensaje que EE.UU. le manda al mundo con esta guerra es el de una potencia que inició un conflicto que no puede ganar.
Lo que el mercado ya descuenta —y lo que todavía no
La prima de riesgo geopolítico en el crudo no es una novedad de 2026. Lo que sí es nuevo es su persistencia y su mecanismo. En conflictos anteriores —las guerras del Golfo de 1991 y 2003, la crisis de Ucrania en 2022— el mercado tardó semanas o pocos meses en recalibrar su lectura una vez que la situación se estabilizó o las rutas alternativas quedaron establecidas. El conflicto actual tiene una diferencia estructural: no hay estabilización posible sin un acuerdo político, y ese acuerdo requiere que las tres partes —EE.UU., Israel e Irán— tengan simultáneamente incentivos para ceder.
Mearsheimer argumenta que ese escenario no existe hoy.
En ese marco, el Brent por encima de u$s 100 deja de ser un evento para convertirse en un piso. No un piso garantizado —los mercados no operan con certezas— sino un piso razonado: mientras el conflicto carezca de condición de terminación verificable, la prima de riesgo tiene razones estructurales para mantenerse. El asesor energético de la Casa Blanca Bob McNally fue aún más explícito: sostuvo que no existen soluciones de política energética capaces de responder a un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz.
A eso se suma el daño sobre la infraestructura de gas natural licuado del Golfo. Los ataques iraníes sobre Ras Laffan —el hub de GNL de Qatar, responsable de alrededor del 20% de la oferta global— dejaron fuera de producción capacidad equivalente a 12,8 millones de toneladas anuales (MTPA, del inglés Million Tonnes Per Annum), con una estimación de recuperación de tres a cinco años según el CEO de QatarEnergy, Saad al-Kaabi, en declaraciones a Reuters el 19 de marzo.
Wood Mackenzie calculó ese mismo día que cada mes adicional de interrupción elimina alrededor del 1,5% de la disponibilidad global anual de GNL. No hay redundancia inmediata: a diferencia del petróleo, los trenes de licuefacción no se improvisan.
La distracción estratégica y el vacío que deja
Hay una segunda derivación del argumento de Mearsheimer que los mercados energéticos procesan con más lentitud. Si EE.UU. está atrapado en un teatro secundario, ¿quién mantiene la arquitectura de seguridad energética global?
El politólogo lo formuló en términos de competencia de grandes potencias —China aprovecha la dispersión estadounidense para avanzar en Taiwán, en controles tecnológicos, en las condiciones de la competencia—, pero la pregunta tiene traducción directa al mercado de GNL.
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, del inglés Center for Strategic and International Studies) lo planteó sin eufemismos en un análisis de mediados de marzo: la agenda de reindustrialización y otras iniciativas de la administración Trump podrían quedar comprometidas si la concentración de recursos en el conflicto iraní se extiende. En paralelo, el Soufán Center reportó el 18 de marzo que Washington estaba en conversaciones con Seúl para reubicar sistemas antimisiles desde Corea del Sur al teatro de Oriente Medio —un movimiento que debilita la posición de EE.UU. en el Indo-Pacífico precisamente cuando China consolida posiciones.
Para el mercado de GNL, el vacío tiene una traducción concreta. Los compradores asiáticos que dependían de Qatar para sus contratos de largo plazo —Corea del Sur, China, Japón— están mirando con urgencia renovada hacia los proyectos con posición para cubrir ese hueco en el mediano plazo. Australia y EE.UU. absorben parte de la demanda spot. El resto flota en un mercado sin redundancia inmediata, con el índice de referencia asiático de GNL JKM acumulando una suba de casi 39% en una sola sesión tras el primer anuncio de fuerza mayor catarí, el 2 de marzo.
El piso que el mercado ya incorporó
Mearsheimer no habla de precios del crudo. Habla de errores estratégicos, de guerras de elección, de la lógica de los estados en un sistema internacional sin árbitro. Pero su tesis central —que el conflicto con Irán carece de condición de terminación verificable y que EE.UU. dispersa en él recursos que necesitará para la competencia de largo plazo con China— tiene una implicancia energética que los analistas de mercado empiezan a articular con más precisión.
Si el diagnóstico del politólogo es correcto, o siquiera parcialmente correcto, el mercado opera con una prima de riesgo que no desaparece con el próximo comunicado de la Casa Blanca ni con la próxima ronda de negociaciones en Omán. El Brent en u$s 112, con un máximo de u$s 119 el 19 de marzo, no es un pico de pánico: es el mercado procesando la posibilidad de que esto sea, por un tiempo, la nueva normalidad.