La guerra en Oriente Medio entró en una nueva fase el sábado. Donald Trump publicó en Truth Social un ultimátum directo a Teherán: si Irán no reabre «completamente, sin amenazas» el Estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas, Estados Unidos «atacará y destruirá sus diversas centrales eléctricas, comenzando por la más grande».
El mensaje llegó pocas horas después de que misiles iraníes impactaran en las ciudades israelíes de Dimona y Arad, dejando más de 100 heridos y daños en instalaciones civiles del sur de Israel, a pocos kilómetros del principal centro de investigación nuclear del país.
La respuesta de Irán fue inmediata. El portavoz del Cuartel General Central de Khatam al-Anbiya (KCHG), el principal mando operativo de las fuerzas armadas iraníes, advirtió que si la infraestructura de combustible y energía del país es atacada, «toda la infraestructura energética, de tecnología de la información y de desalinización de agua perteneciente a Estados Unidos y al régimen israelí en la región» será objetivo, según la televisión estatal iraní. En paralelo, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, publicó en X que esa infraestructura «será considerada un objetivo legítimo y será destruida de manera irreversible», y advirtió que los precios del petróleo «subirán durante mucho tiempo».

La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, del inglés Islamic Revolutionary Guard Corps, Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica) fue más lejos que los otros dos actores: amenazó con cerrar el Estrecho por completo si Trump ejecuta la amenaza sobre la infraestructura energética, y agregó que las empresas con participación accionaria estadounidense «serán completamente destruidas».
La amenaza sobre las plantas desalinizadoras tiene un peso específico que va más allá del valor simbólico. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar dependen de esas instalaciones para satisfacer gran parte de su consumo de agua potable. Un ataque exitoso sobre esa infraestructura tendría consecuencias humanitarias y políticas de enorme magnitud sobre los aliados regionales de Washington.
El conflicto lleva tres semanas desde que Israel y Estados Unidos iniciaron los ataques coordinados contra instalaciones nucleares y militares iraníes el 28 de febrero. En ese tiempo, el daño en el Golfo Pérsico ya se hizo sentir: Irán atacó la instalación de Ras Laffan en Qatar, uno de los complejos de GNL más grandes del mundo, luego de que Israel golpeara la refinería iraní en South Pars. La Guardia Revolucionaria había señalado previamente como posibles objetivos la refinería Samref y el complejo petroquímico Jubail en Arabia Saudita, el campo gasífero Al Hosn en Emiratos y múltiples instalaciones en Qatar.

En términos de flujo comercial, el bloqueo de facto del Estrecho ya tiene efectos concretos sobre los mercados globales. Por ese paso circula alrededor del 25% del crudo comercializado en el mundo y el 20% del GNL, según Argus Media. El crudo se mantiene por encima de los u$s 100 desde el inicio de la guerra, según datos disponibles al cierre de esta nota, y Trump enfrenta creciente presión doméstica por el alza de precios. En su intento más reciente por aliviar esa presión, la administración inició los primeros envíos de crudo de la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR, del inglés Strategic Petroleum Reserve, Reserva Estratégica de Petróleo), en el marco de un retiro de emergencia de 172 millones de barriles; los contratos para 45,2 millones de barriles de instalaciones en Texas y Louisiana fueron adjudicados a ocho empresas.
El Comando Central estadounidense (CENTCOM, del inglés United States Central Command, Comando Central de Estados Unidos) anunció este sábado que ya destruyó un búnker subterráneo iraní sobre la costa del Estrecho que almacenaba misiles de crucero antibuque, puntos de apoyo de inteligencia y repetidores de radar. Brad Cooper, jefe del CENTCOM, aseguró que la operación redujo la capacidad de Irán para «amenazar la libertad de navegación» en el área. Las bombas empleadas, de 5.000 libras (2.268 kilogramos), son considerablemente menos potentes que las de 30.000 libras utilizadas sobre instalaciones nucleares iraníes semanas atrás.

Irán, por su parte, mantiene una postura doble hacia el resto del mundo. El canciller Abbas Araqchi declaró a la agencia Kyodo que Teherán está dispuesto a negociar el paso seguro por el Estrecho con Japón y otros países que no han atacado a Irán. «El estrecho está cerrado solo para los barcos de nuestros enemigos», afirmó. Una coalición de 23 países, entre ellos Bulgaria con adhesión reciente, ya expresó su disposición a contribuir a los esfuerzos para garantizar la seguridad del tránsito.
El conflicto tiene una derivación directa para Argentina. La escalada reordena el mapa global de proveedores de GNL: con Ras Laffan dañada y el Estrecho bloqueado, los compradores europeos y asiáticos tienen incentivos concretos para buscar fuentes atlánticas estables. Es exactamente el argumento que YPF presenta a los financistas del proyecto de exportación de GNL: en un mundo donde las rutas del Golfo son vulnerables, Vaca Muerta es una alternativa sin esa exposición.