Hay una obsesión recurrente en el mundo del petróleo: los mapas.
No los de reservas ni los de costos, sino los de geografía física. Estrechos, canales, rutas marítimas. Puntos donde el flujo global de energía se comprime, se vuelve frágil y, por lo tanto, caro.
En el centro de ese mapa está el Estrecho de Ormuz (ver mapa nro. 1). Por allí pasa, en condiciones normales, cerca de una quinta parte del petróleo que consume el mundo. Es un embudo perfecto: angosto, inevitable y geopolíticamente tenso. Cada vez que hay ruido en esa zona, el mercado reacciona con la misma lógica. Si el flujo se interrumpe, aunque sea parcialmente, el precio sube primero de manera violenta y después con algo más de cálculo.
La pregunta que aparece una y otra vez es si ese cuello de botella puede evitarse. La respuesta corta es no. La larga es que el sistema lleva décadas intentándolo, con resultados parciales.
Arabia Saudita construyó en los años 80 un sistema que conecta sus campos del este con el Mar Rojo, pensado explícitamente como un seguro frente a crisis en el Golfo (ver mapa nro. 2 en el anexo de mapas). Emiratos Árabes Unidos hizo algo similar, décadas más tarde, llevando crudo hasta Fujairah, ya fuera del Golfo Pérsico (ver mapa nro. 3 del anexo). La lógica es simple. Si la salida natural está en riesgo, se crea otra. Pero incluso sumados, estos baipases cubren solo una parte del problema. El volumen que normalmente atraviesa Ormuz ronda los 20 millones de barriles diarios, pero la capacidad alternativa es, en el mejor de los casos, de un tercio. El resto sigue dependiendo del estrecho.
Ahí es donde entra una pieza menos obvia, más pequeña en escala, pero interesante en términos históricos y logísticos. El oleoducto Eilat–Ascalón (ver mapa nro. 4 del anexo).
Ese oleoducto no nació como respuesta a Ormuz, sino a otra crisis, la que se generó por el cierre del Canal de Suez tras la Guerra de los Seis Días. A fines de los años 60, Israel e Irán (gobernado en aquél entonces por el Shah Mohammad Reza Pahleví) desarrollaron conjuntamente esta infraestructura como una forma de asegurar el flujo de petróleo iraní hacia Europa sin depender de Suez. Era, en esencia, un atajo geopolítico, que permitía descargar crudo en Eilat, transportarlo por tierra y reexportarlo desde Ascalón hacia el Mediterráneo.
El canal alternativo, una pieza flexible
Durante años funcionó como un canal alternativo clave. Pero la Revolución Islámica de Irán rompió ese esquema. La relación entre ambos países colapsó, y el oleoducto quedó envuelto en disputas legales que se extendieron durante décadas. Israel mantuvo la operación a través de una empresa estatal, con alto grado de opacidad, mientras Irán reclamaba participación y compensaciones.
Con el tiempo, el Eilat–Ascalón encontró nuevos usos. Más que transportar petróleo específico de un origen a un destino, pasó a funcionar como una pieza flexible dentro de la logística global. Permite, por ejemplo, operar en sentido inverso al originalmente pensado, transportando petróleo de Ascalón a Eilat, según las condiciones de mercado.
Pero su escala es limitada, ya que puede transportar 1,4 millones de barriles de sur a norte o 400 mil de norte a sur. En un sistema que mueve decenas de millones, eso lo convierte en una herramienta táctica, no estructural. Además, su utilización está condicionada por factores políticos —no todos los productores pueden o quieren usar infraestructura israelí— y por restricciones ambientales, especialmente en el ecosistema sensible del Mar Rojo.
Y hay un punto clave que suele pasarse por alto. Para llegar a Eilat, el petróleo que sale del Golfo ya tuvo que atravesar, directa o indirectamente, el Estrecho de Ormuz. Es decir, el oleoducto no evita el principal cuello de botella del sistema global. Evita otro. Es un bypass de segundo orden.
Esta es, en el fondo, la característica común de todos estos proyectos. Ninguno elimina el problema de raíz. Lo fragmentan. Lo hacen más manejable. Pero no lo resuelven.
El sistema energético global sigue dependiendo de unos pocos puntos de estrangulamiento donde la geografía y la geopolítica se superponen. Ormuz, Suez, Bab el-Mandeb no son lugares donde la oferta y la demanda se encuentran libremente, sino bajo condiciones de fricción.
Se puede invertir para reducir esa fricción. Más oleoductos, más terminales, más almacenamiento. Pero la geografía no se negocia. Se rodea, se amortigua, se gestiona. No se elimina.
Y eso tiene consecuencias directas en precios. Cada vez que uno de estos puntos entra en riesgo, el mercado incorpora una prima. No porque el flujo necesariamente vaya a desaparecer, sino porque podría hacerlo. Ese “podría” es suficiente.
En ese mapa global aparecen algunas anomalías interesantes pero una relevante para la Argentina: Vaca Muerta. No tanto por su tamaño sino por su ubicación. Argentina está lejos de los grandes centros de consumo, lejos de las rutas más transitadas, lejos de los hubs históricos. Durante décadas, esa distancia fue leída como una desventaja ya que implicaba más flete, más tiempo y más costos asociados.
La posición geopolítica de Argentina
Pero en un mundo donde los riesgos se concentran en ciertos puntos geográficos, esa misma distancia empieza a jugar a favor.
Argentina está fuera de los principales cuellos de botella. Un barril que sale desde Puerto Rosales hacia el Atlántico no tiene que atravesar un estrecho militarizado ni navegar por corredores donde confluyen múltiples tensiones estratégicas. Su ruta es, en comparación, más directa, más previsible.
Eso no la convierte en inmune. El precio del petróleo sigue siendo global, y cualquier disrupción en Ormuz impacta en todos lados. Pero sí introduce una diferencia relevante: menor exposición a interrupciones físicas extremas. En escenarios de alta tensión, donde los flujos del Golfo se ven amenazados, la confiabilidad gana peso relativo. No alcanza con tener reservas o costos competitivos. Importa también la capacidad de entregar el barril y ahí es donde la geografía empieza a cotizar.
La paradoja argentina es clara. Está lejos de la demanda, pero también de los principales riesgos geopolíticos actuales. Esa doble condición implica costos en tiempos normales y beneficios potenciales en contextos de estrés. No es una ventaja lineal. Es contingente. Pero en un mercado que reacciona de forma abrupta a cualquier señal de disrupción, esa contingencia puede volverse central.
El mundo va a seguir invirtiendo en infraestructura para reducir la dependencia de estos cuellos de botella. Va a haber más baipases, más capacidad, más redundancia. Pero es difícil imaginar un escenario donde desaparezcan del todo. La concentración geográfica de la oferta, combinada con la distribución de la demanda, hace que siempre exista algún punto crítico. El sistema puede volverse más resiliente, pero no completamente seguro. En ese equilibrio imperfecto, activos como Vaca Muerta ocupan un lugar particular. No porque estén mejor posicionados en todos los escenarios, sino porque están posicionados de manera distinta.
Y en energía, como en los mapas, a veces lo que importa no es estar más cerca, sino estar fuera del embudo.
*Gustavo Araujo es Head of Research de Criteria